Tenía un Ford Fiesta 1.4 Ghia con 250.000km. Una máquina de límites inalcanzables. Digo inalcanzables porque no pasaba de 80 y no había manera de que pasara de ahí.
Un día, empezó a tirar agua por los bajos. Descartando el embarazo, todo apuntaba a alguna fuga del refrigerante. Así que lo llevé al taller y allí me hicieron un presupuesto.
- Mire, ¿ve este manguito?... pues se ha rajado.
- Ahhhhhh... vaya... ¿y qué cuesta cambiarlo?
- Pues 25.000 ptas.
- ¡Tócate los huevos María Dolores que vienen curvas! Fíjese, ignorate de mí, que a simple vista me había parecido de caucho. Mira que no distinguir el platino con diamantes.
Total, que viendo que parecía cosa fácil, me decidí a cambiarlo yo. Me fui para recambios y el manguito de los cojones costaba 5.000 ptas. De fruta madre, me iba a ahorrar un pastón.
Llego a casa y abro el capó. Localizo el tubo y tiro de él. De un lado sale fácil, pero el otro se resiste. Tiro, tiro... y al final, con un ¡clac! sale el manguito... junto con un trozo de tubo de plástico en su extremo. ¡Coño!... pues parece una tubería partida, qué cosa tan rara, el manguito que me han dado en recambios no lo trae... Bueno, da igual... yo coloco el nuevo, lo empujo para adentro... ya está, ni se nota.
Echo un poco de agua en el depósito y arranco el coche. El agua va bajando, buena señal, eso es que el circuito de refrigeración se está llenando. Voy echando, echando... y se consume la garrafa de cinco litros... vaya, no pasa nada, la vuelvo a llenar y sigo echando. En unos minutos, otros cinco litros han caído. Joer.
Miro debajo del coche, nada, ni una gota. Bueno, pues nada, habrá que seguir llenando.
Media hora y treinta litros después, yo, que soy muy listo y aemás he viajado mucho, me dije: "Amigo mío, cuarenta litros de agua se me antoja mucho para un Ford Fiesta". Así que me meto dentro del coche para parar el motor.
Y allí estaba. La pecera más bonita que he visto nunca. Una preciosa cascada salía de las rejillas de ventilación, formando un arco-iris al chocar con la palanca de cambios. El suelo andaba ya por el palmo de agua. Lo mejor era la fauna: kikos flotando, envoltorios de chicle a modo de islitas, una avispa muerta... Si Cousteau lo hubiera visto, se hubiera sumergido.
Llevé el coche al taller y allí lo arreglaron todo. Tuvieron que cambiar el manguito, la entrada de la calefacción, el salpicadero y retapizar el suelo, ya que la humedad no se iba y salía moho. Aún así, el coche olía a sótano.
Ese día, decidí que no sería mecánico.

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Vete depilando, golosón.
Jajaja, si es que por algo los mecanico cobran a precio de oro.
Confiemos en los profesionales.
Tus anécdotas mecánicas son mejores que las mías con el bricolaje.Voy a seguir leyendo