Yo era un hombre normal. Salido, obseso, matado a pajas. Lo que viene siendo un españolito medio. Tuve mis novietas, a las que hacía “fingers” e, incluso, coiteaba de manera regular, creo que con satisfacción por ambas partes (osea, ella y yo, no que yo tenga dos partes nobles).

Esto era por los ochenta y principios de los noventa. Éramos una generación informada sexualmente, habíamos pasado el destape y no hacíamos como nuestros padres, que se ponían cachondos viendo una minifalda. Bueno, sí, pero menos.

Y en éstas que llegó “la internez”. Y ale, a tomar por culo mi felicidad sexual. Porque sí, antes teníamos información. Pero, coño, es que ahora estamos saturados.

Todavía recuerdo aquellas inocentes conversaciones entre amigos:

- ¿Has visto cómo venía hoy vestida la Menchu?
- Joer, ya te digo. No sé si era una minifalda o un collar gordo.
- ¡Buf!... debe ser más guarra en la camaaaaaa.

Y ahí quedaba todo. Y tu imaginación volaba con la Menchu haciendo lo que viene a ser un coito trifásico normal (sobeteo, mamada y penetración).

Hasta que la red de redes irrumpió. Empecé a visitar páginas. Al principio, fotos de guarritas, lo que es el porno de toda la vida, el tradicional, el de derechas. Pero, poco a poco, me hice más señorito.

No, ya no me bastaba con ver a las perracas. Quería acción. Jóvenes, maduras, que si se tragaban el veneno, que si perritos y caballos… Cosas que jamás habías pensado que pudieran hacerse (o que cupieran en un cuerpo humano). El tradicional misionero se alejaba envuelto en una nebulosa de sexo “normal y corriente”.

Y la cosa iba a peor. Enanas, mujeres sin piernas, animales exóticos (aún no me he recuperado de la foto del individuo tirándose a un lemur…)

Y claro, ves tanto, tanto… que tú también quieres. Y empiezan los problemas. La pobre incauta de turno desembragaba tan tranquila y yo me quedaba frío.

- Mujer, no… que antes tienes que montártelo con un pepinillo en vinagre, de manera que consigas sacártelo por un lagrimal, mientras me lames entre los dedos de los pieses y chasqueas las nalgas al ritmo de “Always look at the bright side of live”.
- Tío, tú estás enfermo.
- No, mujer. Que soy de gustos bondage con petites y tiny girls. Ale, venga, que si te portas bien, lo mismo hasta te dejo que swallowees.

Porque esa es otra. ¡Lo que ha hecho el porno por el poliglotismo español!. Ahora mismo, un señor de Cuenca que viaje a Nueva York es capaz de decirle a una prostituta 20 posturas y actos sexuales. Para pedir comida o trabajo, no, pero para el folleteo… vamos, que le toman como nacido en el Bronx.
Y claro, pasa lo que pasa. Que luego el 60% (o el 69, para ser más guarros) de las parejas acaba en divorcio. Y hablas con ellos y te sueltan:

- Yo es que a Menchu la quería mucho, pero es que flojeaba mucho en el coito anal fronto-lateral. Y claro, yo sin coito anal fronto-lateral…

¡Qué felices eran antes!. Le veían un pechuzo a Ana Belén y se forraban los fabricantes de papel higiénico.

Y ahora, sacan a la Obregón triscando en un coche… y escuchas a los niños de 15 años “¡Buah!... ¡pero si están echando un polvo normal!”.

Hay que regresar a los valores tradicionales, amigos míos. Dejad de ver porno en Internet. Es malo. Caca.

Os dejo, que acabo de descubrir una web de calvas con gafas…